sábado, 15 de noviembre de 2008

Rata de librerías

Por más que lo intente, no logro contener mi amor por los autores y sus obras, dispersas en incontables ediciones, por todas las librerías del país.

Nunca falta un escritor en mi memoria, que inspire mis estancias casi eternas en librerías locales.

Virginia Woolf, y sus obras: La Sra. Dalloway (1925), Las olas (1931) y Entre actos (1941); han sido objeto de mi más reciente curiosidad literaria; mientras termino Londres, un libro que reúne seis ensayos que la autora escribió en 1931 para una revista inglesa.

Resulta fascinante sentir el olor a libros cada vez que ingreso en las librerías. Ver de paso, las últimas novedades, segundos antes de entrar en la búsqueda específica.

No me gusta preguntar, sino investigar por mi misma. Las horas pasan cual segundos, mientras busco en orden alfabético, por los estantes más próximos al suelo.

Sólo consigo Las olas , a casi cuarenta pesos. No lo puedo comprar, tampoco es urgente. Debo terminar Londres, y ponerme a leer tantos otros libros, de autores con quienes todavía no me he deleitado.

La gente debe mirarme como a una loca, mientras busco frenéticamente, y acumulo otros tantos libros interesantes que leer, antes de conocer sus imposibles (nada urgentes) precios.

Contener impulsos es la clave, para salir airosa y no gastar; mientras el tercer y último tomo de Cuentos completos, por Julio Cortázar, ruega que lo lleve conmigo a casa, para completar la colección. Treinta y cinco pesos. Imposible ahora. No es urgente. Otra vez será.

Una mezcla de ternura y comicidad invade mi rostro al ver las caras de los vendedores, cada vez que salgo de las librerías, luego de al menos tres horas internada entre diversos autores y sus obras. Si tuviera dinero, las compraría todas, aunque no fuera urgente.

domingo, 26 de octubre de 2008

Colectivo* lleno

(Primero la culpa, luego la educación)
¿Quién en este mundo no adora subir a un colectivo y viajar cómodamente sentado?
¿Quién no ha soñado alguna vez con que ese placer continúe durante todo el recorrido?
Si bien las costumbres humanas involucionan cada vez más hacia el sujeto egoísta e individualita, todavía existimos unas pocas personas cuya educación y sentido común, nos obligan a ceder el asiento a los mayores, de movilidad reducida, mujeres embarazadas y con niños pequeños.
Sin embargo, en ocasiones reiteradas, quizá debido a la escasez de gentileza en muchos individuos, y el aumento de personas con necesidad de asiento que suben a los colectivos; yo en particular, como miembro de la minoría gentil que cede asientos, sufro de gran culpa y cargos de conciencia, antes de cumplir con mí deber ciudadano.
No me agrada en lo más mínimo ceder asientos, porque casi siempre llego al colectivo agotada. Entonces espero. Veo subir un anciano, y espero a que alguien más ceda el lugar.
Pasan los minutos, nadie hace nada. Allí es cuando me carcome la culpa, y finalmente me levanto. Con las embarazadas, no dudo un minuto, por su puesto.
Si un gentil obligado (como yo) viaja en colectivo, entre las 14 y las 16 horas; prepárese a recibir un contingente interminable, de personas mayores, y mujeres embarazadas a quienes ceder asientos.
Es entonces cuando una mezcla de culpa y bronca azota mi corazón cansado, minutos antes de regalar el precioso espacio junto a la ventanilla.
¡¿Por qué demonios viajan todos a la misma hora?! ¿Es que acaso se ponen de acuerdo? No tengo nada contra las embarazadas; pues mi instinto maternal me lleva a cederles el asiento sin ningún problema.
Pero los ancianos… ¿Por qué suben tantos, en esa franja horaria? ¿Hay algo más importante para una abuela, que ver las novelas de la tarde? Según parece, si. Lamentablemente.
Y entonces uno Debe ceder el asiento. Elegir uno de tantos que suben. El más canoso y decrépito individuo de la naturaleza, para darle el maldito lugar.
No importa cuan agotado esté, ni lo pesado de los bolsos que uno cargue; la culpa gentil con que se ha crecido, lleva a donar aquél precioso espacio junto a la ventana. Levantarse, poner una voz firme y decidida. “¡Señor/a! Siéntese por favor”. De ser necesario, convencerlos; tratando a su vez de disimular esa mezcla de bronca y obligación que puebla mi rostro cada vez que lo hago. Por más que lo intente, no puedo evitar la cruel gentileza con que he sido criada.
Por último, a aquellos IMBECILES RETARDADOS MENTALES que para mi ¡¡¡¡FURIA DESMEDIDA!!!!! ROBAN descaradamente el asiento cedido por mí a una persona realmente necesitada; ¡¡¡¡PÚDRANSE EN EL INFIERNO ETERNAMENTE!!!!! (Ustedes saben quienes son).
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*Colectivo = Autobús = Bus.

sábado, 18 de octubre de 2008

Si tienes gatos, no seas madre

Si eres madre, no tengas gatos.

SNM: Prométeme que, cuando te vallas a vivir sola, no llevaras a ese gato contigo.

Y: Claro que sí lo haré. ¿Por qué no?

SNM: Porque transmiten enfermedades muy severas. Nunca hay que estarles muy cerca, ni tocarlos.

Y: Eso lo dices porque a ti no te gustan los gatos. Yo he tenido a Tito desde hace al menos tres años, y nunca he sufrido enfermedad alguna debido a él.

SNM: Ya verás en unos años. Se ha comprobado que los hijos cuyas madres tienen gatos, nacen tarados, o con malformaciones congénitas.

Y: Aly nació en una casa llena de gatos, y es una de las mentes más brillantes que he conocido.

SNM: Pero nunca ha podido tener hijos.

Y: ¿Eso qué tiene que ver con los gatos? Seguramente no haya sido siquiera problema de ella…

SNM: Nunca se sabe.

Y: Tampoco viene al caso. Lo que quiero decir es que, no puedes decir que un bebé nacerá con problemas psicofísicos porque convive con gatos. Es absurdo.

SNM: Pero sí está comprobado que producen enfermedades en la piel.

Y: Eso, si eres alérgico.

SNM: Tomemos como ejemplo a los gatos persas de pelo largo, como el tuyo: Respiras la pelusa que emiten, y eso afecta las vías respiratorias.

Y: Sólo si eres alérgico. Además, según tu teoría, con los años que llevo conviviendo con mi gato, ya deberían haberme asfixiado los pelos del pobre animal ¿verdad?

sábado, 11 de octubre de 2008

Crisis

He perdido la escritora que solía ser. Encuentro qué escribir, pero no sé como hacerlo.

Busco trabajos pasados que publicar. Leo y releo. Nada me convence.

“Repito palabras” “está mal escrito”. Pienso de mis trabajos realizados en el taller literario, tres años atrás; donde los “excelente” y “Muy buen trabajo” de mi profesora, contradicen la crítica actual.

¿Por qué para otros es tan fácil? Tienen el privilegio de escribir maravillosamente sobre historias comunes, y publicarlas. Yo quiero, pero no puedo. No es mi estilo. Además, resultaría patético siquiera intentar copiar el estilo de otros escritores. ¡¡No!!.

Debo encontrarme a mi misma. Las redacciones imaginarias, melosas y románticas de hace tres años, no me identifican, ni habré de publicarlas.

Antiguamente, durante largos períodos de soltería como este, solía criticar todo; escribirlo y publicarlo. También he perdido mi espíritu crítico, según parece.

El vacío genera grillos, cuyos sonidos ensordecen mi capacidad imaginativa.

¡Habiendo hecho tanto, esta semana! ¡Tantas cosas lindas y variadas! Debería escribir sobre eso, ¿no?

Lo pensé. Incluso creé varios títulos que no pude desarrollar, hasta ahora, como ser: Five O’ Clock Tortoni y Gajes de una vocación sin recursos (este último, una crítica sobre lo mucho que me cuesta desarrollarme en el ambiente del turismo, que tanto amo; donde, por un lado, tengo experiencia, pero por el otro carezco de recursos para formarme académicamente, y conseguir un buen trabajo relacionado).

Será cuestión de esperar. Valerme de una libretita para tener conmigo dondequiera que valla, no me vendría nada mal. Podría escribir ítems de las cosas que deseo contar sobre los sitios de Buenos Aires que visito cada día, y de apoco, encontrar las palabras perdidas; mientras me hundo, como siempre, en otro (no menos importante) gran amor: La música… El Piano. 

sábado, 20 de septiembre de 2008

Ironía

Cerró la puerta tan fuerte,

Que el golpe en si mismo,

La dejó entreabierta.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Responsabilidad Inquisidora

R: ¿Y vos? ¿Qué haces despierta a esta hora?

Y: Escribiendo. Me dió la gana.

R: Son más de las 12. Deberías dormir, mañana te espera un largo día, repleto de responsabilidades.

Y: Valga la redundancia. Mira quien habla. Para el caso, empecemos por ti; pues para ambas rige el mismo uso horario… A menos que vivas en China. ¿Eres oriental?.

R: ¡Claro que no! Yo debo estar despierta, para enseñarte y guiarte. Dependo de ti. Tú me dices cuando descansamos; así como yo te indico los pasos a seguir para sobrevivir en este mar competitivo, repleto de responsabilidades.

Y: Repleto de Responsabilidades… Se ve que te gusta pronunciar la letra R, y repetir la misma frase varias veces, como si fuera estúpida.

R: La falta de sueño nocturno, desemboca en un mal rendimiento diurno, grábatelo bien. Así nunca podrás alcanzar los estándares de rapidez y calidad corporativa que requieren las empresas que te contraten. Jamás subestimes el empleo conseguido, pues podría resultar un arma de doble filo.

Y: ¡Maldición! ¡¿Puedes dejar de rimar?! Para que lo sepas: La moralidad me cae pesada a estas horas de la noche. Eres la piedra en el zapato de mi inspiración.

R: ¡Ja! Inspiración. ¿Dónde? No la veo por ningún lado.

Y: …Será porque la obstruyes con tu parloteo constante.

R: Bueno. Supongamos que se te ocurren ideas ¿dónde las aplicas? No veo que hagas nada productivo.

Y: ¡¡Estoy escribiendo!! Hago algo, aunque me importa un bledo que sea productivo o no.

R: Te arrepentirás de esto mañana, cuando te duermas en tus entrevistas; ya verás.

Y: ¿Has pensado que, quizá tu insistencia por hacerme dormir a preguntas eternas, sea lo que de hecho me esté impidiendo conciliar el sueño?

R: …

Y: ¿quieres que me duerma?

R: Si.

Y: Entonces, deja de inspirarme, y empieza por ti.

R: Jajajaja. ¡¿Ahora soy yo la que te inspira?!

Y: ¿Cuál crees que es el contenido de mi escritura?

R: Es de mala educación contestar a una pregunta con otra pregunta. Dime, ¿Cuál es tu inspiración?

Y: Mírate nada más: ¡Eres la ironía en ti misma! Dices que es de mala educación contestar con preguntas, ¡¡y luego cuestionas mi escritura!! 

R: Jamás he cuestionado tu escritura. Sólo sé que es muy tarde, tengo sueño, y necesito que ambas nos durmamos rápidamente. Mañana tienes muchas…

Y: …Responsabilidades que cumplir. Lo sé. ¿Quieres que me duerma?

R: ¿Es este un diálogo de sordos?

Y: No se responde a una pregunta con otra pregunta, es de mala educación.

R: ¡¡¡Ya basta!!! ¡¡¡Duérmete!!!!

Y: ¡¡¡¡Entonces, cierra tu maldita boca, y deja de parlotear!!!

R: …………………………………………..Zzzz.

Y: A-MEN. 

sábado, 30 de agosto de 2008

Ideal para Escribir

Heme aquí, en el parque más cercano a mi vecindario, escribiendo.
Necesité combinar mis ganas de redactar, con la necesidad de tranquilidad y aire medianamente puro, en un día tan hermoso como hoy.
Entonces, pensé en la Plaza Irlanda; a sólo cinco cuadras de mi casa. Debo decir que, verdaderamente superó mis expectativas.
Creí encontrar algo pequeño, subdesarrollado; con apenas algunos clásicos bancos de plaza donde sentarme; pero hallé mucho más que eso.
Grandes espacios verdes, llenos de oxígeno, árboles, y caminos que surcan tres sectores bien diferenciados:
La cancha combinada para practicar básquet y fútbol, protegida con vallas blancas, de aproximadamente dos metros de altura.
Juegos; que incluye clásicos como el subibaja, tobogán, hamacas, y hasta su propia calesita; todo digno de revivir mis mejores recuerdos de infancia.
Finalmente, aquí, donde me encuentro cómodamente sentada, escribiendo: Las mesas de juego; testigos de innumerables partidas de Ajedrez, damas, naipes… que entretuvieron por años a la tercera edad.
Hoy no encontré nada de eso, sino parejas, grupos de amigos y familias; reinventando el espacio, para realizar cómodos picnics al aire libre.
Es un placer estar aquí, practicando mi arte literario manualmente, como hace años no lo hacía; más allá de esta computadora; orgullosa como estoy, de tener un hermoso parque tan cerca de casa.
Habré de frecuentarlo más, en mis fines de semana solitarios; cuando hace un clima tan primaveral.
Hermoso el silencio de la naturaleza urbana que me rodea, donde la conjunción del oxígeno y los árboles parecen absorber absolutamente todos los ruidos molestos que me impidan escuchar mi voz interna a la hora de escribir.

martes, 12 de agosto de 2008

Técnicas de Escapismo

Para mortales de bajos recursos económicos.
Dedicado a cobardes, vagos (como yo) que no pueden enfrentar su realidad, y desean evadirla; escapándose de ella.
Nada de psicología freudiana sobre esto: Es verdad, y no lo hice de manera inconsciente.
Necesitaba escaparme de mi soledad; entonces pensé: ¿En qué lugares me gustaría estar, a tal punto de olvidar por completo mi naturaleza solitaria; e incluso, disfrutarla?
1. El Campo.
Y ¿qué haría, una vez instalada allí?
a) Levantarme al amanecer.
b) Realizar actividades de granja.
c) Lo más importante: Montar a Caballo, hasta el anochecer.
Fue entonces donde apliqué la técnica número uno de escapismo, para quienes disfrutan escribir: Imaginar que estoy allí.
Lo más hermoso y fácil, para una persona de bajos recursos económicos como yo. Cerrar los ojos, respirar profundo, relajarme, imaginar, meditar, y, finalmente, escribir. Amo esa magia del papel y la tinta (devenidos Word y Tipeo, con el avance de la tecnología); donde todo es posible: Puedes ir a dónde quieras, como te plazca, sin ningún tipo de uso horario, ni dinero, ni trámites burocráticos para renovar el pasaporte (asunto pendiente en mi agenda).
Viajar a cualquier parte del mundo que desees; en mi caso China (más allá de los Olímpicos), Japón, Egipto, Grecia, Roma, París, Madrid, Londres…. E incluso al satélite Lunar (algunos famosos empresarios multimillonarios ya reservaron, de hecho, sus viajes allí. Lucky them).
Volar, camuflarse, desaparecer, morir y resucitar… Lo imposible. Sólo con Imaginación, papel y tinta (o una computadora / ordenador).
Pero, no todo escritor tiene momentos constantes de inspiración. ¿Qué hacer cuando no se me ocurre nada que escribir, sigo sin ingresos de dinero, ni talento extra para una beca de estudios, y todavía necesito escapar?
He aquí la técnica número dos de escapismo: Leer.
Todos tenemos algún que otro libro en nuestras casas. En su defecto, podemos asistir a la biblioteca más cercana y abrir libros que nos conduzcan hacia nuevos mundos. Imaginarios, o no; hay en ellos diferentes horizontes por descubrir.
Como todo, hay libros y libros: No todos atrapan al lector. Depende mucho del estado anímico en que uno se encuentre al momento de abrir el libro y ponerse a leer; así como también del estilo, o el género que el autor haya querido reflejar en su obra. Usando el sentido común: Te gusta, o no.
En mi caso particular, cuando un libro me atrapa; me transporta y me evade, donde quiera que esté.
Es sólo entonces cuando resulta una efectiva técnica de escapismo; capaz de transformar la vorágine del Microcentro porteño, en el más perfecto templo oriental, donde poder meditar tranquilos.
De no introducirnos en la trama literaria que nos presenta el autor, como me sucedió lamentablemente con Cortázar, hace un tiempo; resultará el efecto contrario al de la evasión que busco. Allí donde, el sólo hecho de leer unas líneas del libro, parezca aumentar el volumen de todos los sonidos a nuestro alrededor. Insoportable.
No soy de las personas que disfruten el dejar los libros por la mitad; aunque tampoco es fácil para mí, encontrar el gusto literario en cualquier obra que me presenten.
Técnica de escapismo número tres: La Música. Hermosa. Según el género, para gente como yo, puede resultar un arma de doble filo.
Soy una amante (no practicante, por falta de recursos) de la familia de los Teclados. Más específicamente, el Piano. Disfruto escuchando obras de Bach, Beethoven, Brahms y Chopin, entre otros.
Sin embargo, la música latina me resulta nociva; pues revive justamente todo aquello que quisiera olvidar, rompiendo así con la pura esencia del escape que quisiera lograr.
Es raro que obras para piano de los compositores que mencioné al inicio de este párrafo, fallen para una terapia escapista; pero, cuando en ocasiones siento que falta algo; suelo combinar la escucha de esas obras, con la lectura y escritura: Convirtiendo en realidad imaginaria, el ascenso al paraíso inmaculado para mortales de bajos recursos económicos, como yo.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Los Pequeños Placeres

(de la Inspiración)
Y como, un par de detalles en esta nueva página, me conducen allí…
Parada en aquél balconcillo de ese hermoso faro; con una pluma y un cuaderno sobre la baranda, para escribir todo lo que veo.
Nada más que arena, mar, y horizonte de amanecer frente a mis ojos. La playa desierta, sin tiempo, ni apuros.
Solos el paisaje y yo, con mi libreta y mis pensamientos. Fuera el cansancio, las preocupaciones; que se ahoguen en lo más profundo del océano, para poder disfrutar por fin de esta soledad en mi espacio; donde no podría estar más que conmigo misma.
Cualquier otro sonido extraño al paisaje natural que me rodea sería insoportable, me provocaría migraña.
Resulta exquisito contemplar cada detalle, como tratando de fundirme en cada uno de ellos.
Ser una partícula de arena a lo lejos, repleta de la espuma marina.
Convertirme en hidrógeno, respirar oxígeno y convertirme en agua, para visitar las costas de todas las playas del planeta.
Saciar la sed humana, o destruir pueblos enteros, formando parte de una inundación: Juez y verdugo de la vida, al mismo tiempo. Resulta curioso mi papel en esta Tierra.
Al calor, evaporarme; hinchando las nubes, y produciendo lluvias que hidraten las cosechas y generen alimento para el ser humano.
Haría crecer un árbol, y me asimilaría en su naturaleza, para vivir o morir, según qué decida el hombre.
Y, pensar que alguna vez he sido parte de ellos. Me han respetado, querido y amado como a una más. Ahora soy las cenizas del fuego en la chimenea que calentó sus hogares en invierno.
Temerosa de la muerte, vuelvo a mi sitio seguro en el faro; contemplando el horizonte a lo lejos, dando gracias a Dios por ser Humana, estar viva, y no reencarnar (por ahora), más allá de los umbrales de mi imaginación.

viernes, 1 de agosto de 2008

Paraíso Campestre

Desperté tempranísimo, a las cinco de la madrugada. No estaba en casa. Me incorporé en la cama, y observé alrededor.
Apenas asomaban los primeros rayos de sol, en una habitación desconocida.
De lado izquierdo, había un libro y un candelabro apoyados sobre la sencilla mesa de luz.
Al otro extremo, sobre un estante, bajo la única ventana del lugar, yacían una jarra y un recipiente de porcelana china, llenos de agua, para higienizarse.
Sobre una pared en que se apoyaba la cabecera de mi cama, colgaban retratos con fotografías antiquísimas, de personas desconocidas. A esa altura, ya abundaban los indicios de encontrarme a mediados del siglo antepasado.
Suspiré resignada, mientras recorría toda la habitación, sin animarme a salir de ella.
Abrí la ventana, para observar el paisaje. Mi hermoso paraíso campestre, rico en plantaciones diversas, que surcaban toda la llanura.
Eufórica de alegría, mudé mi ropa con el primer vestido que encontré en el armario; bajé las escaleras, crucé el comedor, y salí a correr libre por el prado. Nunca antes había respirado aire más oxigenado que aquél: Puro elixir de la vida.
A pocos metros de la casa, un establo; con caballos y vacas. No muy lejos, el gallinero.
Ingresé al primero, y acaricié los caballos, mientras observaba la falta de mantenimiento a mí alrededor.
Adiós placenteras sonrisas. Helos aquí; mis quehaceres de granja: Limpiar el establo, cepillar los caballos, ordeñar las vacas, recolectar los huevos de las gallinas…. Eran algunas de las actividades que desempeñaba con gran habilidad; cual si me hubiera encargado de ellas toda la vida.
Dieron las ocho y media de la mañana, cuando desayuné con leche, pan casero y mantequilla.
Satisfecho mi apetito, no pude contener las ganas de montar a caballo. Del establo, ensillé un hermoso pura sangre color azabache, y salimos juntos a correr.
Fue el momento más libremente feliz de toda mi vida: Ver sólo horizonte a lo lejos, sentir la caricia del oxígeno en mi cara, y el galope del caballo en contraste con el crujir de un césped nuevo, tierno; fusionarse, cual música para mis oídos.
Las horas pasaron como milésimas de segundos, al cabalgar. Anochecía, cuando por fin descansé bajo un árbol cercano a la casa, hasta quedar profundamente dormida.